Mis impresiones del museo MAXXI en Roma

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Un museo es un espacio que motiva y permite el encuentro con distintas expresiones de las artes visuales, la historia, la ciencia, la geografía… Los asistentes a los museos, desde sus muy particulares experiencias de vida, crean nuevas relaciones con las obras expuestas, de tal manera que la obra observada tiene una única e irrepetible relación con su observador: la obra de esta manera se vuelve infinita.

Es a través de los museos donde los observadores tienen la posibilidad de desarrollar nuevos conocimientos, generar nuevos gustos y crear actitudes de aceptación o rechazo con las obras con las que interactúan.

Los museos nos acobijan y nos protegen; nos permiten, a través de sus obras, reunirnos con las personas que llamamos artistas o científicos; los museos son máquinas del tiempo, son “hacedores” de sueños; los muesos reúnen unas vidas con otras vidas; crecemos, nos perfeccionamos y soñamos en los museos.

Los museos son importantes espacios arquitectónicos que a lo largo de los siglos han colaborado a reflejar, como si fueran imponentes espejos sociales, la cultura que nos envuelve.

Los museos comúnmente, como obras arquitectónicas, permiten todo esto: el conocimiento, la relación irrepetible, el crecimiento… y están hechos para servir a las obras expuestas, para generar los encuentros.

Sin embargo, todo esto no ocurre en el relativamente nuevo museo de MAXXI en Roma, un obra del 2012 de la arquitecta Zaha Hadid. A todas luces, Hadid, la única mujer ganadora del premio Pritzker, de origen iraquí, que falleció hace menos de un año, es una de las personas más importantes del mundo de la arquitectura contemporánea; en verdad una gran arquitecta.

Pero el caso que nos ocupa, el museo MAXXI de Roma parece no cumplir con los condicionamientos que definen un museo: el encuentro entre el asistente y la obra expuesta –en este caso, arte contemporáneo–, por las siguientes razones: la funcionalidad, que es imprescindible en un museo, ha sido ahogada por un formalismo extravagante, cuyo objetivo parece ser la exaltación de la construcción arquitectónica por sí misma, sin considerar que el objetivo era la presentación, entendimiento y encuentro con las obras ahí expuestas.

El edificio parece expresar, como si pudiera gritar, la invitación de ser mirado sin considerar la razón por la que fue construido. Este museo, con sus múltiples escaleras, pasillos, cruces y demás cuerpos arquitectónicos, no permite un acercamiento de reflexión estable y pausada con las exposiciones existentes. La discontinuidad es constante y, aquella necesaria paz visual que se requiere para observar y conocer un cuerpo de obras, no se logra.

El edificio no deja de presentar una figura dinámica y original pero, en su afán por extender las posibilidades de virtuosismo arquitectónico, propios de la gran arquitecta de Irak, el museo pierde su razón de haber sido creado.

Asistí con grandes expectativas, con la ilusión de salir cautivada por el espacio creado por Hadid, sin embargo la sorpresa es que no fue así, ciertamente no me atrapo. Me queda claro que tengo que conocer más espacios creados por Zaha para poder entender y apreciar su legado.





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Last modified: 25 abril, 2017

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