La frase es de David Hockney y quizá explica mejor que cualquier biografía el centro de su obra. Hockney no solo pintaba paisajes, piscinas, retratos o árboles en flor. Pintaba una manera de mirar.
Ante la noticia de su muerte, me quedé pensando en la primera vez que vi una gran exposición suya. Fue hace algunos años, en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Era una retrospectiva enorme, una de esas muestras que no se recorren: se atraviesan. Recuerdo especialmente las salas dedicadas a sus piscinas de Los Ángeles. Cuadros luminosos, aparentemente sencillos, donde el agua, la arquitectura, el sol y el silencio parecían formar parte de un mismo idioma.
Había algo profundamente conmovedor en esas escenas. No eran dramáticas. No necesitaban serlo. Una casa moderna, una silla, una alberca azul, una salpicadura suspendida en el aire. Elementos cotidianos, casi banales, convertidos en imagen inolvidable. Ahí entendí que la genialidad de Hockney no estaba solo en su dominio técnico, sino en su confianza absoluta para mirar lo ordinario como si fuera extraordinario.
Desde entonces seguí su obra con atención.
Hockney tuvo una relación muy particular con el color. No lo usaba como adorno ni como recurso decorativo. El color, en él, era estructura emocional. Sus azules no solo representaban agua o cielo; construían una temperatura, una promesa, un estado de ánimo. Sus rosas, verdes, amarillos y naranjas no buscaban discreción. Tenían la valentía de existir plenamente. En un mundo donde tantas veces se confunde la sofisticación con la neutralidad, Hockney recordó que el color también puede ser inteligencia, libertad y profundidad.
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Quizá por eso esas piscinas se quedan en la memoria. Porque parecen simples, pero no lo son. En ellas había sol, arquitectura moderna, agua y una vida aparentemente suspendida. Pero reducir esas obras a imágenes felices sería quedarse corto. También había silencio, distancia, observación y una composición precisa. La alegría de Hockney nunca fue ingenua. Estaba construida con rigor.
Me interesa esa tensión: la ligereza aparente sostenida por una enorme disciplina visual. Hockney sabía ordenar el mundo. Sabía dónde colocar una línea, cuánto espacio dejar vacío, cuándo detenerse, cómo hacer que una sombra, una silla o una salpicadura cambiarán por completo la emoción de una imagen.
Con los años, lo que más me impresionó de él fue su negativa a quedarse quieto. Muchos artistas encuentran un lenguaje y pasan la vida repitiéndolo. Hockney, en cambio, siguió buscando. Pintó, dibujó, hizo grabado, fotografía, escenografía, obras digitales y experimentos visuales que cuestionaban la perspectiva tradicional. No parecía interesado en defender una época pasada. Al contrario: quería seguir viendo de otra manera.
Ese impulso se volvió especialmente visible durante la pandemia, cuando se instaló en Normandía y comenzó a registrar la llegada de la primavera en su iPad. Mientras el mundo entero estaba encerrado, ansioso y desconcertado, Hockney miraba los árboles. Miraba los brotes. Miraba la luz cambiar sobre el campo. Miraba la vida insistir.
De ese periodo surgieron flores, ramas, casas, cielos, caminos, verdes intensos y amarillos recién abiertos. Frente a sus grandes lienzos, esas imágenes parecían más íntimas. Pero ahí estaba, quizá, una de sus lecciones más profundas. En medio del miedo global, eligió observar la renovación de la naturaleza. Eligió recordar que la primavera no podía cancelarse.
No era evasión. Era resistencia visual.
Porque mirar también puede ser una forma de esperanza. Detenerse ante un árbol que florece, ante el movimiento del agua, ante una habitación iluminada, ante una sombra sobre el muro, no es negar el dolor del mundo. Es reconocer que la belleza sigue existiendo incluso cuando la realidad se vuelve difícil.
Me interesa quedarme con aquello que su obra nos dejó: una invitación a mirar con intensidad. A no pasar por la vida solo escaneando el suelo para caminar. A levantar la vista. A entender que la belleza no siempre se esconde en lo excepcional; muchas veces está en lo cotidiano, esperando que alguien tenga la paciencia de verla.
David Hockney pintó la alegría sin pedir perdón. Pintó el color sin miedo. Pintó la vida diaria como si fuera digna de eternidad. Y su obra nos recuerda algo que muchas imágenes de hoy han olvidado: ver no es lo mismo que mirar.
Mirar implica detenerse.
Mirar implica elegir.
Mirar implica amar.
Su muerte conmueve porque no se va solamente un gran artista británico. Se va alguien que amplió nuestra capacidad de percepción. Alguien que nos enseñó que una piscina podía contener una época, que una salpicadura podía volverse memoria, que un árbol en primavera podía ser una declaración de vida.
«El mundo es muy, muy bonito», decía Hockney.
Tenía razón.
Pero hay que mirar.
