Hace veintiocho años tomé una decisión que cambió el rumbo de mi historia. Lo sorprendente es que, con el paso del tiempo, lejos de perder fuerza, esa certeza ha crecido. Hoy estoy más convencida que nunca de que casarme fue la mejor decisión de mi vida.
No porque todo haya sido fácil.
Nos casamos con la ilusión —quizá ingenua— de convertirnos pronto en padres. Pensábamos que nueve meses después de la boda llegaría nuestro primer bebé.
No fue así.
Pasaron siete largos años. Siete años de espera, de incertidumbre, de visitar distintos médicos y de convivir con preguntas sin respuesta.
Cuando finalmente llegó el embarazo, perdimos a ese bebé que esperábamos con tanta ilusión a las dieciocho semanas. Después, gracias a Dios, nació nuestra primera hija y, un año más tarde, volvimos a despedir a otro hijo antes de tiempo.
Mi convicción de que casarme fue la mejor decisión de mi vida no nace, por tanto, de que la vida nos haya ahorrado dificultades. Nace de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo. He descubierto la belleza de confiar junto a la persona que amas, la alegría del compromiso libremente renovado y la paz que produce saber que, incluso en medio de las pruebas, hay alguien que sigue caminando contigo.
Vivimos en una época fascinada por la novedad. Cambiamos de teléfono, de ciudad, de trabajo y, muchas veces, también de relaciones. Pareciera que el valor de las cosas estuviera ligado a su capacidad de sorprendernos. Sin embargo, algunas de las experiencias más valiosas de mi vida han ocurrido justamente en el territorio contrario: el de la permanencia.
Con frecuencia pienso que una de las mayores riquezas del matrimonio es tener el privilegio de contemplar la vida de otra persona desde muy cerca. Ver cómo madura, cómo enfrenta los retos, cómo desarrolla sus talentos, cómo se equivoca, cómo vuelve a levantarse. Pocas cosas generan tanta admiración como acompañar durante décadas el crecimiento de alguien a quien amamos.
En nuestro caso, además, el amor nunca se quedó encerrado entre nosotros. Después de aquellos años difíciles llegaron nuestros cuatro hijos y, con ellos, una vida que nunca habríamos podido imaginar al inicio. También llegaron proyectos compartidos, sueños cumplidos, otros que aún siguen esperando, viajes, conversaciones interminables, responsabilidades y una forma común de mirar el mundo. Quizá por eso, cuando pienso en nuestra historia, no veo una sucesión de aniversarios. Veo una vida construida juntos, edificada también sobre aquello que dolió.
A veces me preguntan cuál es el secreto de un matrimonio duradero. Cada vez estoy más convencida de que no existe una fórmula. Pero sí creo que hay una decisión que debe renovarse una y otra vez: querer el bien del otro. No cuando resulta fácil. No únicamente cuando coincide con nuestros intereses. Quererlo de verdad. Y descubrir que, cuando ambos intentan hacerlo, el amor encuentra siempre la manera de crecer.
Si alguien lee estas líneas en medio de una etapa oscura, quisiera decirle solamente esto: lo que hoy parece imposible de sostener puede convertirse, con el tiempo, en uno de los mayores regalos de tu vida. No siempre. No automáticamente. No sin esfuerzo. Pero sí con frecuencia, y casi siempre cuando menos lo esperamos.
Recuerdo nuestra boda con una nitidez que el tiempo no ha logrado borrar. Recuerdo las flores, los manteles, las velas, la luz de aquella tarde, el menú que elegimos con tanto cuidado. Lo recuerdo todo, porque la belleza también permanece. Y recuerdo, con una claridad aún mayor, la decisión. Dos personas imperfectas que, sin saber realmente todo lo que les esperaba, eligieron compartir la vida.
Si pudiera volver a aquel día y encontrarme nuevamente frente al altar, con todo lo que hoy sé sobre el amor, las alegrías, los desafíos, las pérdidas, los hijos, las responsabilidades y el paso del tiempo, volvería a decir que sí.
No porque la vida haya sido fácil.
Sino porque ha sido profundamente buena.
Y porque, después de veintiocho años, sigo convencida de que fue, es y será la mejor decisión de mi vida.
¡Nos encantaría trabajar en tu proyecto!
Al cumplir 28 años de matrimonio, queremos recordar algunos de los momentos que han dado forma a nuestra historia. Te invitamos a ver el video completo en nuestro canal de YouTube.
