No soy aficionada al fútbol y no pretendo entender el juego como lo entienden quienes lo siguen desde hace años. Sin embargo, mientras observaba las imágenes del Mundial, me descubrí pensando en algo completamente distinto. Pensaba en la mirada.
Con frecuencia creemos que mirar es un acto pasivo, algo que simplemente sucede. Pero con los años he llegado a la conclusión de que mirar también es una habilidad que se construye. Vemos el mundo desde aquello a lo que hemos dedicado atención, desde lo que hemos estudiado, desde lo que hemos amado y desde aquello que hemos aprendido a reconocer.
La mirada no es neutra. Está formada por nuestras experiencias, nuestros intereses, nuestras alegrías y nuestra manera de habitar el mundo.
Por eso dos personas pueden observar exactamente la misma escena y encontrar cosas completamente distintas. Mientras muchos analizaban estrategias, posiciones y jugadas, yo me encontraba observando composición, ritmo, color, proporción y movimiento. Observaba cómo los jugadores ocupaban el espacio, cómo se formaban tensiones visuales y cómo aparecían vacíos y concentraciones. Veía un círculo de personas reunidas y pensaba en pertenencia, en identidad y en fuerza colectiva.
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No creo que una mirada sea mejor que otra. Simplemente son diferentes. Y precisamente en esa diferencia hay algo profundamente revelador. Un médico ve síntomas donde otros ven gestos. Un músico escucha estructuras que otros no perciben. Un abogado detecta contradicciones donde otros ven conversaciones. Un fotógrafo observa la luz. Un escritor encuentra historias. Un diseñador descubre relaciones.
Yo me considero arquitecta por vocación, diseñadora de profesión y fotógrafa por afición al mismo tiempo, y no podría desprenderme de ninguna de las tres sin dejar de ser quien soy. Cada una me ha enseñado una manera distinta de mirar. La arquitectura me enseñó a entender el espacio. El diseño me enseñó a leer las relaciones entre las cosas. La fotografía me enseñó a detenerme en la luz, en el encuadre y en ese instante preciso en el que algo revela su forma.
Lo que elegimos mirar termina diciéndonos — y diciéndoles a los demás — quiénes somos.
Quizá por eso el Mundial me resulta tan interesante. No solamente por el fútbol, sino porque es uno de esos acontecimientos capaces de reunir a millones de personas alrededor de una misma experiencia, aunque cada una la viva desde un lugar distinto. Todos observamos el mismo partido, pero no todos vemos lo mismo.
Algunos ven estrategia. Otros ven historia. Algunos ven rivalidad. Otros ven memoria familiar. Hay quienes ven orgullo, quienes ven espectáculo, quienes ven país, quienes ven infancia. Yo, inevitablemente, veo composición. Veo color. Veo ritmo. Veo una imagen colectiva que, por un momento, parece contener algo más grande que el marcador.
Me emociona que mi país sea anfitrión. La energía compartida, la ilusión colectiva y esa capacidad tan nuestra de vivir las cosas con intensidad tienen algo que pocas cosas logran: hacernos sentir parte de algo más grande que nosotros mismos. No necesito entender cada jugada para reconocer que hay momentos que tienen fuerza, belleza y memoria.
Esta es mi manera de ver el Mundial: desde la composición, desde la emoción y desde el orgullo de ser mexicana. Y también desde la honestidad de haber gritado los goles con toda el alma, aunque después tuviera que preguntar quién era el jugador que los había metido.
Porque al final todos miramos el mismo mundo. Lo que cambia es la manera en que aprendimos a verlo.
