Hay lugares que comienzan a sorprender mucho antes de llegar.
La primera impresión fue esa: una mezcla de misterio y promesa. Desde lejos ya se escuchaba el mar y, detrás del paisaje frondoso, apenas se alcanzaba a intuir el Pacífico. Había que subirse a una pequeña bardita y pararse de puntitas para verlo al fondo. Ese gesto mínimo —buscar el horizonte entre la vegetación— fue, sin saberlo, el inicio de la experiencia.
Después de veintiocho años de matrimonio, regalarse unos días para caminar sin prisa, conversar largamente y simplemente estar juntos termina siendo uno de los mayores lujos de la vida. Los regalos más valiosos casi nunca son cosas. Son el tiempo compartido, las experiencias que acumulan momentos memorables y que se vuelven parte de nuestra historia. La posibilidad de salir de la rutina, dejar por unos días las responsabilidades cotidianas y volver a encontrarse como pareja.
Desde que supe de ese lugar en Mazunte, Oaxaca, cuando todavía se conocía como Casa Chicatana, quedó pendiente. Este aniversario fue el momento. Sabía exactamente lo que buscaba: un lugar donde la arquitectura, el diseño y la naturaleza no fueran elementos separados, sino parte de una misma experiencia. Quería un espacio que favoreciera el descanso, la conversación, la contemplación y esa forma de asombro que aparece cuando la belleza no se impone, sino que nos envuelve.
Y acerté. Mi esposo también se sorprendió del sitio. La llegada era mágica, misteriosa y también audaz. Después vino el camino de piedra: una serie de subidas, bajadas y curvas pronunciadas que atraviesan la vegetación como túneles verdes. Para llegar a la recepción te suben en cuatrimoto. Reconozco que me intimidó un poco. Supongo que quien disfruta la adrenalina lo vive como parte del encanto; yo preferí caminar siempre que pude. El terreno exige al cuerpo: las subidas, las bajadas y las curvas son intensas. Aun así, los caminos están bellamente realizados en piedra y recorrerlos se vuelve parte esencial de la experiencia.
De día, esos caminos eran sumamente placenteros. Cada paso permitía descubrir la vegetación, adentrarse en la naturaleza, escuchar el mar cada vez más cerca y sentir que el mundo cotidiano iba quedando atrás. De noche, en cambio, se volvían mágicos. El sonido se percibía estereofónico, envolvente, como si toda la naturaleza respirara alrededor. Incluso, al llegar a nuestra habitación, descubrimos un tejón encantador comiendo ahí al lado.
Las habitaciones parecen flotar en medio de la vegetación, muy bien integradas al paisaje. La sensación es casi la de dormir en una casa suspendida en la copa de un árbol. No se llega a un cuarto cualquiera; se llega a un refugio que parece haber encontrado su lugar entre las ramas, la piedra, el viento y el mar.
Ya instalados, el acantilado frente al Pacífico mexicano reveló toda su fuerza: el sonido constante del mar, el viento moviendo suavemente la exuberante vegetación, el canto de los pájaros y los insectos, y el tronar potente de las olas. No era silencio. Era la música de la naturaleza que nos regala el Creador. Frente a nosotros aparecía una arquitectura que no competía con el paisaje; lo enmarcaba. La luna llena fue un regalo inesperado. Verla reflejada sobre el agua convirtió la noche en algo casi irreal. También lo fue caminar hacia Punta Cometa para contemplar la puesta de sol y observar cómo el cielo cambiaba de color sobre el mar.
Siempre he creído que un espacio bien diseñado puede mejorar la vida de quienes lo habitan, pero esta vez volví a comprobar hasta qué punto eso es cierto. El diseño no buscaba llamar la atención ni demostrar creatividad. Su mayor acierto consistía en acompañar. Cada material, cada proporción, cada apertura y cada recorrido parecían pensados para dirigir la mirada hacia aquello que realmente importaba: el horizonte, la luz cambiante, el sonido del mar y el paso del tiempo.
Quiero hacer una mención especial al trabajo arquitectónico de Alberto Kalach e Ignacio Urquiza por la sensibilidad que transmite este proyecto. Destaco especialmente la integración de la piedra y la decisión de prescindir del vidrio o el cristal como frontera dominante, un gesto tan sencillo como poderoso. Las habitaciones no se cierran con grandes ventanales herméticos, sino con shutters de madera que permiten modular la luz, el aire y la relación con el exterior. Las estancias y las áreas de alberca permanecen abiertas, haciendo que el espacio respire de otra manera. No se trata de mirar la naturaleza desde una caja climatizada, sino de habitarla con el cuerpo entero.
Si tuviera que señalar un detalle a mejorar —mínimo, casi insignificante frente a todo lo logrado— sería la iluminación indirecta en la habitación. Un par de lámparas sobre los burós harían que la experiencia nocturna fuera todavía más acogedora, especialmente para leer o simplemente acompañar la calma del final del día. Lo menciono precisamente porque el proyecto está tan bien pensado que ese pequeño ajuste podría hacerlo aún más memorable.
La decisión de abrir el espacio al entorno transforma por completo la experiencia. El viento entra, la luz se filtra, los sonidos permanecen presentes y la arquitectura deja de ser un límite para convertirse en una transición. La reserva, los senderos, la vegetación exuberante, las plantas y hasta los tejones que aparecen de pronto forman parte de la vida del lugar. Todo recuerda que no estamos frente a un paisaje decorativo, sino dentro de un ecosistema vivo. Tampoco había pantallas. En un mundo saturado de estímulos, ese detalle terminó siendo uno de los mayores lujos.
La elegancia auténtica no consiste en acumular belleza ni en exhibir sofisticación. Tiene más relación con el orden, la armonía y la capacidad de hacer que cada elemento ocupe el lugar que le corresponde. Los espacios más memorables no son necesariamente los más espectaculares, sino aquellos donde todo parece inevitable, donde nada sobra y nada compite por llamar la atención.
Hay una forma de bondad en los espacios que no agreden, no presumen y no distraen. Espacios que permiten respirar. Que tratan bien al cuerpo. Que ordenan sin imponer. Que dejan a la belleza hacer su trabajo en silencio. En un lugar así, la arquitectura no solo se mira: se siente en la manera de caminar, de descansar, de conversar, de escuchar.
El contraste con nuestra vida cotidiana se vuelve evidente. Vivimos rodeados de estímulos y, sin embargo, cada vez contemplamos menos. Seguimos viendo, pero dejamos de mirar con verdadera atención. Y cuando perdemos la capacidad de contemplar, también comienza a apagarse nuestra capacidad de asombro.
El asombro no nace del exceso, sino de la atención. Aparece cuando dejamos de correr y permitimos que la realidad vuelva a sorprendernos. Bastaba sentarse frente al mar para descubrir cómo la misma vista era distinta a cada hora. La luz transformaba los colores, el viento cambiaba la superficie del agua, el amanecer abría el día con una delicadeza impresionante y el atardecer convertía el paisaje en otro completamente distinto. Lo extraordinario no era solo el lugar. Lo extraordinario era tener el tiempo y la disposición para mirarlo.
Solemos pensar que las buenas ideas aparecen cuando trabajamos más. Mi experiencia me dice lo contrario. Casi siempre nacen después de haber descansado de verdad. Crear exige observar antes que producir. La mente necesita espacios donde el cuerpo vuelva a percibir el tiempo.
Cada vez estoy más convencida de que esa es una de las mayores responsabilidades de quienes diseñamos espacios. No crear escenarios para ser fotografiados, sino lugares que ayuden a vivir mejor. Lugares que inviten a conversar, a descansar, a contemplar, a recuperar el asombro y, en consecuencia, a volver a crear.
Si alguien me preguntara dónde vivimos esta experiencia, le respondería que fue en La Valise Mazunte, un lugar que conocí cuando todavía llevaba el nombre de Casa Chicatana. Más allá de la hospitalidad y del privilegio de un entorno extraordinario, me llevo la certeza de que la buena arquitectura tiene la capacidad de transformar la manera en que habitamos el tiempo. Y eso, para quienes creemos que los espacios pueden mejorar la vida de las personas, es quizá el mayor reconocimiento que puede recibir un proyecto.
Las fotografías serán una forma de volver a ese lugar. Lo que realmente me llevo es la gratitud de haber escapado unos días y la conciencia del privilegio de haber estado ahí. Detenerse nunca es tiempo perdido. Hay pausas que restauran el cuerpo, fortalecen el amor y devuelven a la mirada la capacidad de descubrir nuevamente la belleza que siempre estuvo ahí.
