Construir una casa es una de las decisiones más importantes que puede tomar una familia. Implica una inversión considerable, meses o años de proyecto y construcción y muchas decisiones que, una vez ejecutadas, pueden ser costosas y difíciles de modificar.
Antes de comenzar a construir, conviene hacer algo que muchas veces queremos resolver demasiado rápido: pensar.
Pensar en los metros cuadrados y en el presupuesto, desde luego. En cuántas habitaciones necesitamos, qué espacios queremos, qué dimensiones deben tener y cómo se relacionarán entre ellos. Pero antes incluso de llegar ahí, hay una pregunta que me parece fundamental:
¿Estamos diseñando una casa que se vea como queremos o una casa en la que podamos vivir como queremos?
No son objetivos opuestos. Como arquitecta e interiorista, la belleza me parece fundamental. Una casa puede ser extraordinariamente bella y, al mismo tiempo, responder profundamente a quienes la habitan. Después de años diseñando casas para familias, he aprendido que un buen proyecto no debería comenzar solamente por cómo queremos que se vea una casa. Debería comenzar por entender cómo queremos vivir en ella.
Antes de diseñar los espacios, hay que entender la vida
Dos familias con el mismo número de integrantes, un terreno semejante y los mismos metros cuadrados pueden necesitar casas completamente diferentes.
Una puede pasar gran parte de su tiempo alrededor de la cocina; otra utilizarla mucho menos. Una puede recibir familiares y amigos constantemente; otra valorar especialmente la intimidad. Puede haber niños pequeños que quieran estar siempre cerca de sus padres o adolescentes que necesiten empezar a construir cierta independencia. Alguien puede trabajar desde casa, cocinar durante horas, tocar un instrumento, leer, hacer ejercicio o necesitar momentos cotidianos de silencio.
Una lista que diga sala, comedor, cocina, family room, cuatro recámaras, cinco baños y vestidores es necesaria para comenzar a dimensionar un proyecto. Pero todavía no nos dice cómo vive esa familia.
Y ésa es la información que puede transformar completamente un diseño.
Pensemos, por ejemplo, en una cocina. Antes de decidir cuánto debe medir o si queremos que sea abierta o cerrada, conviene entender quién cocina, cómo cocina y qué sucede mientras lo hace. ¿Los demás suelen acompañar? ¿Los niños hacen la tarea cerca? ¿Se desayuna ahí? ¿Recibimos amigos mientras preparamos la comida? ¿Nos molesta que desde la sala se vea lo que está sucediendo en la cocina?
Las respuestas pueden conducir a soluciones completamente diferentes, aunque todas se llamen “cocina”.
Lo mismo ocurre con una recámara, un vestidor, una terraza o un family room. Las dimensiones importan, pero primero necesitamos entender qué queremos que suceda ahí.
Las preguntas que debemos hacernos antes de construir
Antes de empezar un proyecto recomiendo dedicar tiempo a observar la casa en la que vivimos actualmente. No solamente aquello que nos disgusta. También lo que funciona.
Muchas veces damos por sentados pequeños hábitos que contienen información valiosísima para diseñar la siguiente casa: dónde dejamos las cosas al llegar, en qué lugar terminamos conversando, qué espacio utilizamos mucho más de lo que imaginábamos o qué habitación casi nunca usamos.
Hay algunas preguntas que recomiendo conversar en familia antes de construir:
- ¿Cómo transcurre un día normal en nuestra casa?
- ¿Dónde y cuándo nos gusta encontrarnos?
- ¿Cuándo necesitamos privacidad?
- ¿Cómo cocinamos, comemos y recibimos?
- ¿Qué actividades necesitan un espacio propio?
- ¿Qué funciona especialmente bien en nuestra casa actual?
- ¿Qué nos incomoda o quisiéramos cambiar?
- ¿Cómo puede cambiar nuestra familia durante los próximos años?
- ¿Qué vida nos gustaría que nuestra nueva casa hiciera más fácil?
Esta última pregunta puede revelar muchísimo.
Tal vez queremos comer juntos con mayor frecuencia. Recibir más amigos. Conseguir que los hijos puedan estar cerca mientras cada uno hace cosas diferentes. Tener un lugar para leer. Trabajar sin aislarse completamente. Disfrutar más del jardín. Tener mañanas menos complicadas.
La arquitectura no hará que una familia coma junta ni conseguirá por sí misma que las personas convivan mejor. Pero el espacio puede hacer ciertas cosas más fáciles y otras mucho más difíciles. Puede ofrecer oportunidades de encuentro, permitir privacidad, ordenar recorridos y evitar pequeñas fricciones que, repetidas todos los días durante años, terminan importando mucho.
Estar juntos no significa estar juntos todo el tiempo
Ésta es otra conversación importante al proyectar una casa familiar.
Naturalmente pensamos en los grandes espacios de convivencia: la cocina, el comedor, la sala, el family room, la terraza. Queremos lugares donde podamos encontrarnos.
Pero una familia también necesita intimidad.
Necesitamos conversar y guardar silencio, compartir y retirarnos, sentirnos acompañados y tener un lugar propio. Una casa bien pensada debería permitir ambas cosas.
Esto es especialmente importante cuando pensamos en los hijos. Sus necesidades cambian enormemente conforme crecen. Un niño pequeño puede querer jugar donde pueda ver a sus padres; unos años después, ese mismo niño convertido en adolescente probablemente necesitará mayor independencia.
Algo parecido sucede con las áreas abiertas. Una cocina completamente integrada puede funcionar extraordinariamente bien para determinadas familias y ser incómoda para otras. Antes de decidirla porque nos encanta cómo se ve, conviene preguntarnos si corresponde a nuestra manera real de cocinar, convivir y recibir.
Ésa es una de las diferencias entre diseñar una casa a partir de imágenes y diseñarla a partir de la vida.
Las imágenes pueden inspirarnos. Pero nuestra casa tiene que funcionar para nosotros.
No estamos diseñando solamente para hoy
Una casa probablemente nos acompañará durante muchos años y la familia que la habitará irá cambiando.
Los niños crecerán. Los hijos eventualmente se irán. Nuestra forma de trabajar puede cambiar. Nosotros mismos tendremos otras necesidades. Algunos espacios dejarán de utilizarse como originalmente los imaginamos y otros tendrán que asumir nuevas funciones.
No podemos anticiparlo todo, pero sí podemos evitar diseñar una casa excesivamente rígida.
Podemos pensar qué espacios podrían transformarse, qué relaciones deberían conservar cierta flexibilidad y cuáles son las decisiones que estamos tomando para una circunstancia que probablemente será temporal.
La pregunta entonces es:
¿Estamos diseñando solamente para la familia que somos hoy o también estamos dejando posibilidades para la familia en la que nos vamos a convertir?
Una casa puede responder de manera muy específica a quienes somos ahora y conservar suficiente flexibilidad para acompañar la vida conforme cambia.
Las decisiones más fáciles de cambiar son las que todavía no hemos construido
Después de muchos años trabajando con familias, ésta es probablemente una de las recomendaciones que más me importa compartir: no tengan prisa por dejar de pensar y empezar a construir.
He conocido incluso el caso extremo de una familia que tuvo que demoler parte de una casa recién construida porque solamente al experimentar físicamente el espacio comprendió que no respondía a lo que necesitaba.
No siempre las consecuencias son tan dramáticas. A veces simplemente vivimos durante años con una circulación incómoda, una cocina que pudo funcionar mejor, una habitación demasiado grande que casi nunca utilizamos o un espacio pequeño que todos los días desearíamos haber hecho más amplio.
Antes de construir, cambiar una decisión puede significar modificar unas líneas en un plano. Después de construirla puede significar demoler, rehacer, gastar nuevamente y perder tiempo.
Las decisiones más fáciles de cambiar son las que todavía no hemos construido.
El tiempo de reflexión no necesariamente retrasa un proyecto. Puede evitar muchos problemas después.
No necesitas llegar con todas las respuestas
Hay algo más que me parece importante aclarar: una familia no tiene que saber arquitectura antes de acudir con un arquitecto.
No necesitas saber cuál es la distribución correcta, cuántos metros cuadrados debería medir cada espacio o cuál es la solución técnica adecuada. Para eso estamos los arquitectos.
En nuestro trabajo, lo primero es comprender a las personas. Escuchar, preguntar, interpretar y descubrir necesidades que muchas veces ni siquiera habían sido formuladas todavía. Después podemos convertir esa información en arquitectura.
Lo que sí ayuda enormemente es haber observado cómo vives.
Llegar sabiendo qué disfrutas de tu casa actual, qué no funciona, qué actividades son importantes para tu familia, qué necesitas guardar, cómo recibes, dónde buscas intimidad y qué te gustaría poder hacer de otra manera.
Un buen proceso de diseño debe profundizar todavía más en esas preguntas. Cuanto mejor comprendamos cómo vive una familia, mejores herramientas tendremos para traducir esa manera de vivir en espacio.
Sólo entonces los metros cuadrados, las circulaciones, las alturas, los vestidores, la cocina, las conexiones, la luz, los materiales y las proporciones comienzan a responder a algo concreto: las personas que van a habitarlos.
Construir una casa requiere dinero, tiempo y una enorme cantidad de decisiones. Dedicar una parte de ese esfuerzo a pensar antes de empezar puede cambiar por completo el resultado.
Guardar imágenes nos ayuda a descubrir qué nos gusta. Hacer una lista de espacios nos ayuda a dimensionar nuestras necesidades. Un buen arquitecto puede encontrar soluciones que quizá nunca habíamos imaginado.
Pero antes de todo eso hay una conversación mucho más importante.
Porque una casa verdaderamente propia quizá no sea solamente aquella que se parece a la imagen que alguna vez imaginamos, sino aquella en la que nuestra manera de vivir encuentra su lugar.
Antes de preguntarnos cómo queremos que sea nuestra casa, empecemos por la pregunta más importante:
¿Cómo queremos vivir en ella?
