Hace unos meses recibí un mensaje inesperado. AFAMJAL había decidido otorgarme el Galardón al Mérito del Interiorismo durante Expo Mueble Internacional, en el Segundo Encuentro Nacional de Interiorismo.
Me dio mucha alegría. Siempre emociona saber que el trabajo que uno hace es visto y valorado. Pero después de recibir la noticia seguí haciendo lo que normalmente hago: trabajar.
Conforme se acercó la fecha, mi atención estuvo puesta en la conferencia que me habían invitado a impartir. Elegí hablar del color, uno de los elementos que más me entusiasman al proyectar y sobre el que llevo años observando, estudiando y experimentando.
Poco antes de la ceremonia me dijeron que, después de recibir el reconocimiento, tendría unos minutos para hablar. Fue entonces cuando tuve que detenerme: recibir un reconocimiento a la trayectoria inevitablemente invita a mirar hacia atrás.
Volví a leer el discurso que Luis Barragán pronunció al recibir el Premio Pritzker. Ese texto forma parte de mi propia historia. Lo escuché por primera vez cuando tenía diez años y algunas de sus ideas se quedaron conmigo mucho antes de que pudiera comprender completamente lo que significaban.
Después intenté pensar qué quería decir yo. Y al mirar hacia atrás descubrí que no pensaba primero en los proyectos.
Pensaba en las personas.
En quienes alguna vez me buscaron para ayudarles a construir un lugar para vivir. En las familias que me abrieron las puertas de sus casas y, con ellas, una parte importante de sus vidas. En la confianza que implica permitir que alguien intervenga en algo tan íntimo como el propio hogar.
Pensé también en todas las personas con quienes he trabajado durante estos años. En las manos, el conocimiento y el talento de arquitectos, diseñadores, artesanos, fabricantes, carpinteros y artistas sin los cuales muchas de las cosas que imaginamos nunca habrían llegado a existir.
Con el tiempo he comprendido que no diseñamos solamente espacios. Diseñamos escenarios para la vida. Quizá por eso cada vez entiendo más nuestro quehacer profesional como un servicio: diseñamos para otros.
Llegó la noche de la ceremonia. Proyectaron un video sobre mi trabajo, subí al escenario y recibí el reconocimiento. Después del aplauso, frente al micrófono, comencé a leer las palabras que llevaba preparadas.
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Agradecí a quienes habían confiado en mí, a quienes habían trabajado conmigo y a tantas personas que, de distintas maneras, me han enseñado a mirar.
Y entonces llegué a mi familia.
Había escrito:
“Ellos han sido el verdadero espacio desde el cual he podido construir todo lo demás”.
Al hablar de mi esposo, se me quebró la voz. Sentí unas enormes ganas de llorar. En ese momento el público aplaudió y ese aplauso me dio tiempo para recomponerme, tomar valor y continuar.
No era tristeza. Era emoción. Alegría, gratitud, ilusión. Todo junto y revuelto, imposible de separar.
Ahora, al recordar ese instante con más calma, reconozco esa emoción. La había sentido antes.
El día de nuestra boda, al decir en el altar “te acepto a ti, Gabriel”, también se me había quebrado la voz.
Entonces había frente a nosotros un compromiso, una entrega y toda una vida todavía por construir. Esta vez, muchos años después, había una vida recorrida detrás de las palabras.
Una historia compartida en la que también están nuestros cuatro hijos, tan deseados y cuya llegada significó tanto para nosotros. Y están los años de acompañarnos, de aprender el uno del otro y de ir cambiando juntos. Quizá ahí radique parte del valor de permanecer: el tiempo compartido también nos transforma.
He seguido pensando en ese instante. Pasamos buena parte de la vida mirando hacia delante: lo que sigue, lo que falta, lo que todavía queremos aprender o construir. A veces hace falta algo que interrumpa la marcha y nos haga mirar el camino recorrido.
Para mí, este reconocimiento fue esa pausa.
Antes de subir al escenario había escrito que mi familia había sido el verdadero espacio desde el cual pude construir todo lo demás.
Aquella noche, al intentar decirlo, supe cuánto significaba.
