Hace algunos años viajé a Japón con mi familia para celebrar veinte años de casados. Uno de los lugares que más ilusión me hacía conocer era Naoshima. Recuerdo perfectamente nuestra llegada en barco. Conforme nos acercábamos al puerto de Miyanoura comenzó a aparecer aquella enorme calabaza roja cubierta de puntos negros. Antes de que yo dijera nada, mi hijo pequeño gritó: “¡Mamá, mamá, la calabaza de la Yayoi!”. Apenas bajamos del barco corrió hacia ella. Entró, salió, la recorrió, la abrazó.
Una pareja que viajaba de luna de miel se acercó sorprendida a preguntarme cómo era posible que un niño tan pequeño reconociera una obra de Yayoi Kusama. Les contesté algo bastante sencillo: a mis hijos les gusta mucho el arte, están acostumbrados a verlo y Kusama es una artista muy fácil de reconocer.
Hoy pienso que mi respuesta se quedó corta.
Porque quizá lo verdaderamente extraordinario no era que mi hijo conociera a Yayoi Kusama. Lo extraordinario era que una artista hubiera conseguido construir un lenguaje visual tan absolutamente propio que un niño pudiera reconocerlo desde un barco, antes siquiera de desembarcar.
Aquella calabaza roja recibe a quienes llegan a Naoshima por el puerto de Miyanoura. Más adelante, cerca de Benesse House —ese extraordinario encuentro entre paisaje, arte y la arquitectura de Tadao Ando que merece otro artículo— nos esperaba otra Kusama: la icónica calabaza amarilla frente al mar, concebida para una exposición al aire libre en 1994 y convertida después en una presencia permanente de la isla.
Pero nuestra relación familiar con Yayoi no terminó en Naoshima. Estuvimos también en Matsumoto, la ciudad donde nació en 1929. No logramos entrar a su museo —algo que todavía lamento—, pero recuerdo la impresión de encontrar sus inconfundibles puntos incluso recorriendo las calles de su ciudad natal. Era como si aquel universo que ya reconocíamos hubiera desbordado los museos.
Años después ocurrió otro encuentro que recuerdo especialmente. Viajaba a Londres con mis dos hijas y caminábamos por Kensington Gardens. Para ellas aquel parque tenía ya un significado especial: acababan de estar en Madrid haciendo un curso de teatro musical y habían trabajado Neverland, así que recorrer ese lugar estaba cargado de referencias, canciones y recuerdos que compartíamos.
Y entonces, mientras caminábamos, apareció frente a nosotras una enorme calabaza amarilla de Yayoi Kusama.
Encontrarla ahí tuvo algo de mágico. No habíamos ido a buscarla. Era como si aquel personaje que había comenzado a formar parte de nuestra historia familiar años atrás, en una isla de Japón, apareciera de pronto nuevamente en nuestro camino. La reconocimos inmediatamente. Otra vez Yayoi. Otra vez una calabaza. Otro recuerdo que quedaba ligado para siempre a un lugar y a un viaje.
Aquella pieza era Pumpkin (2024), una monumental escultura de bronce de seis metros instalada junto al Round Pond de Kensington Gardens. Curiosamente, la relación de Kusama con las calabazas venía de muchísimo antes: aparecieron en sus dibujos desde la década de 1940 y estaban ligadas a sus recuerdos de infancia, cuando su familia cultivaba semillas y su casa estaba rodeada de campos.
También nos encontramos con ella en museos. En Houston entramos en uno de sus universos de espejos y luces. Y en The Broad, en Los Ángeles, recuerdo haber intentado varias veces entrar a una de sus Infinity Mirror Rooms. Siempre había gente. Finalmente entendí que había que reservar con anticipación.
Esto último me hizo pensar. Vivimos en una época en la que queremos fotografiarlo todo. Más aún, queremos fotografiarnos dentro de todo. Las experiencias inmersivas parecen creadas para una generación que no quiere solamente contemplar una obra: quiere introducirse en ella, formar parte de ella y compartir la imagen.
Sería muy fácil pensar que Kusama comprendió perfectamente nuestro tiempo. Excepto por un pequeño detalle: su primera Infinity Mirror Room es de 1965. Yo ni siquiera había nacido.
Infinity Mirror Room—Phalli’s Field se presentó en Nueva York en 1965. Kusama utilizó espejos para llevar la repetición que ya exploraba en pinturas y esculturas hasta convertirla en una experiencia espacial: el visitante entraba en un universo aparentemente ilimitado y su propio cuerpo quedaba también atrapado en la multiplicación. Décadas antes de los teléfonos móviles, las selfies y las redes sociales, Kusama ya había colocado al espectador dentro de la obra.
Entonces la pregunta cambia: ¿cómo puede una obra concebida en 1965 dialogar tan perfectamente con una manera de mirar que todavía no existía?
Y aparece una paradoja todavía más interesante. Kusama desarrolló una parte central de su pensamiento alrededor de lo que denominaba self-obliteration: la disolución del yo a través de la repetición y la multiplicación. Más de medio siglo después hacemos cola para entrar en esos espacios y fotografiarnos precisamente a nosotros mismos.
Una obra que exploraba la desaparición del yo se ha convertido también en uno de los escenarios más deseados para representarlo.
No sé si esto contradice la obra de Kusama o demuestra su extraordinaria capacidad para seguir generando nuevas lecturas. Probablemente ambas cosas. Lo que sí sé es que reducir su éxito contemporáneo a su enorme atractivo para Instagram sería profundamente injusto. Porque Yayoi llevaba toda una vida construyendo ese universo.
Desde niña experimentó episodios visuales y auditivos que posteriormente relacionaría con las redes, los puntos y las repeticiones que aparecen una y otra vez en su obra. Pero hay algo de su historia que me interesa especialmente: no se quedó encerrada en ese mundo interior. Lo sacó afuera.
En 1957 se fue a Estados Unidos y se incorporó poco después a la escena artística de Nueva York. Era una mujer japonesa intentando abrirse camino en un mundo predominantemente masculino y occidental. Sus Infinity Nets, esculturas, instalaciones y happenings terminaron situándola dentro de la vanguardia neoyorquina. No esperó pasivamente a ser descubierta: produjo, expuso, organizó acciones públicas y construyó una presencia propia.
Su trayectoria, sin embargo, no fue una línea ascendente. Regresó a Japón en 1973 y durante un periodo su contribución a la vanguardia estadounidense quedó considerablemente relegada. A mediados de esa década ingresó voluntariamente en una institución psiquiátrica y continuó desarrollando su trabajo. Décadas después, exposiciones retrospectivas volvieron a situar su producción dentro de la historia del arte contemporáneo internacional. La exposición Love Forever: Yayoi Kusama, 1958–1968, presentada en 1998, fue parte importante de esa reconsideración histórica.
Y entonces ocurrió algo fascinante: la historia del arte, los museos, el mercado y la cultura popular terminaron encontrándose alrededor de una mujer que llevaba décadas insistiendo obsesivamente en las mismas preguntas.
Puntos. Redes. Repetición. Espejos. Calabazas. Infinito.
Por eso me cuesta pensar en su vida únicamente como una historia tormentosa. Lo fue. Pero también fue una historia de disciplina y perseverancia extraordinarias. No quisiera romantizar el sufrimiento ni pensar que sus conflictos fueron la causa de su genialidad. El sufrimiento, por sí solo, no produce una obra.
Ella hizo algo con él. Trabajó.
Durante décadas volvió una y otra vez al estudio y siguió construyendo aquel universo que había comenzado a aparecer ante sus ojos cuando era niña. El anuncio oficial de su muerte, ocurrida el 14 de agosto de 2026 en Tokio, cuenta que continuó pintando hasta sus últimos días. Tenía 97 años.
Y quizá por eso, al enterarme de su muerte, regresé inmediatamente a aquella imagen de Naoshima. Mi hijo señalando desde el barco: “¡La calabaza de la Yayoi!”.
Ahora entiendo mejor lo que había detrás de aquel reconocimiento. Una mujer nacida en Matsumoto consiguió transformar una experiencia profundamente íntima en un lenguaje capaz de atravesar países, culturas y generaciones. Sus obras terminaron en algunos de los grandes museos del mundo, pero también en nuestros viajes, en nuestras fotografías y en la memoria de mis hijos.
Tal vez construir una mirada propia tenga algo que ver con eso. No con inventar un lenguaje para que los demás puedan reconocernos, sino con mirar suficientemente profundo, insistir suficiente tiempo y trabajar en aquello que solo nosotros vemos de determinada manera, hasta encontrar la forma de compartirlo. Kusama hizo precisamente eso. Durante más de setenta años sacó su mundo interior afuera: lo pintó, lo multiplicó y terminó invitándonos a todos a entrar en él.
Quizá por eso, tantos años después, un niño podía reconocer su mundo desde un barco.
