No me gusta particularmente el fútbol. De hecho, fuera de los Mundiales, rara vez veo un partido completo. Sin embargo, cada cuatro años me descubro sentada frente a una pantalla celebrando goles, sufriendo derrotas y compartiendo una emoción que, en circunstancias normales, no forma parte de mi vida cotidiana.
Durante mucho tiempo pensé que aquello que me atraía era el espectáculo. Hoy creo que es otra cosa.
Lo que me conmueve no es el juego. Es lo que ocurre alrededor de él. Esa capacidad extraña y poderosa que tienen ciertos momentos para disolver diferencias, reunir a personas que en cualquier otra circunstancia no tendrían nada en común, y hacerlas sentir — aunque sea por noventa minutos — que pertenecen a lo mismo.
Hace unos días leí una reflexión del Papa León XIV, escrita en el contexto del Mundial, que se quedó conmigo. Decía que quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, todavía no ha entendido el juego. Y quien no sabe vivir con los demás y para los demás, todavía no ha entendido la vida.
La leí y tuve que detenerme.
Porque esa idea — vivir con los demás y para los demás — no es solo una lección de fútbol. Es una de las verdades más difíciles y más necesarias de nuestro tiempo.
Pensé en Sudáfrica. En 1995. En un país que llevaba apenas un año fuera del apartheid, con heridas abiertas y una fractura que parecía imposible de cerrar. Nelson Mandela decidió ponerse la camiseta de los Springboks — el equipo nacional de rugby, símbolo histórico de la minoría blanca — y pedirle a su país que hiciera lo mismo.
Sudáfrica ganó el Mundial de Rugby ese año. Y algo que la política sola no alcanzaba a producir del todo, un partido logró volverlo imaginable por un instante: la posibilidad de sentirse parte de un mismo país.
Mandela entendió algo que pocos líderes entienden: la identidad colectiva no se construye solamente con ideología. Se construye también con experiencias compartidas. Con momentos en los que millones de personas sienten lo mismo al mismo tiempo.
El deporte puede ser uno de esos momentos. No porque resuelva nada por sí solo, sino porque crea las condiciones para algo que es previo a cualquier solución: la sensación de ser parte de un nosotros.
Desde mi oficio pienso en esto con frecuencia. Ningún espacio se vuelve verdaderamente habitable por una sola mano. Ninguna casa cobra vida sin quienes la imaginan, la diseñan, la construyen, la cuidan y la habitan. La belleza que más me interesa — la que dura, la que transforma — casi siempre nace de una colaboración. De alguien que supo pasar el balón.
Me emociona que México sea anfitrión de este Mundial. No solamente por el fútbol, sino porque hay algo profundamente simbólico en recibir al mundo: en abrir la casa, en compartir lo que somos y en preguntarnos quiénes queremos ser.
En un tiempo en el que tantas cosas nos dividen, tal vez no sea menor reunirnos alrededor de una emoción común. Tal vez no sea poco recordar que hay momentos en los que un país entero puede mirar hacia el mismo lugar, contener la respiración al mismo tiempo y celebrar como si por un instante todos pertenecieran a algo más grande.
Quien no sabe pasar el balón todavía no ha entendido el juego. Y quien no sabe vivir con los demás y para los demás todavía no ha entendido la vida.
Quizá por eso el Mundial nos conmueve incluso a quienes no sabemos demasiado de fútbol. Porque, en el fondo, nos recuerda que ninguna belleza verdaderamente humana se construye en soledad.
